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Recopilando…para empezar

enero 7, 2007

A falta de inspiración, bueno es regresar al pasado y rebuscar entre textos para abrir la página…pero, en fin, perdonarme, mi educación que se ha ido de largas vacaciones. Ante todo, Bienvenid@s a Palabras, palabras, palabras.

Era martes, creo recordar, tampoco es que me importase, todos los días eran iguales, y los fines de semana que pretendían no serlo, acababan desembocando en el mismo pozo de todos estos años; el mismo alcohol, las mismas vomitonas, mujeres desconocidas en mi cama que seguirían siendo desconocidas y música estridente que poco a poco terminaría con parte de mis oídos.
Mi vida se había convertido en un gag cíclico de acciones y emociones y no me importaba, me mostraba feliz, aunque la ausencia de algo diferente hacía eco en mis pensamientos, y porque no decirlo también en mi corazón.

Aquel Martes era como otro martes.
Me encontraba en la oficina y sabía que el jefe había tenido bronca con su mujer la noche anterior, yo estaba pagando los platos rotos de su relación y como de costumbre, solo escuchaba gritos y ordenes de aquel cabrón de aspecto correcto y personalidad infantil.
“Si tu mujer no ha querido follar te jodes y no te las des con nadie”, pensaba con unas ganas locas de estampárselo en su maldita cara. Pero el trabajo me era necesario, bueno, mejor sería denominarlo como la obligación con lo que tenía que cumplir si no quería morir de hambre, no había mucho más donde elegir.

En una de esas ordenes, la cual no me pareció buena idea en su momento, debía reunirme con Castro, un viejo zorro empresarial que quería comprar un bajo comercial en el centro neurálgico de la ciudad.
“Ahora tengo que hacer su trabajo, será capullo”. Era su labor, no la mía, y si la cagaba con tan importante cliente me vería de patillas en la calle, sin un duro y con una botella de ginebra como única amiga.

Salí de la oficina a las doce menos cinco de la mañana, en una hora tendría que recorrer la ciudad y convencer a Castro de las “oportunidades” de la empresa. Si no, estaba muerto.
Entre en el coche, metí la llave, y no arranco. Un segundo intento llevo a lo mismo, el tercero remato en un leve sonido ahogado que no me daba ninguna esperanza.
“El transporte público”. Mire el reloj y sonreí, aun tenía tiempo suficiente para coger el bus de la línea G y resolver los asuntos del jefe.

La marquesina estaba cerca, no había nadie esperando en ella. No es que me importase pero me parecía extraño aun sabiendo que poca gente utiliza el transporte público.
Llegué y esperé. Pasado un cuarto de hora empecé a mosquearme.
“Mierda, ¿donde cojones se habrá metido el bus?”. Los buses de la línea G pasan cada diez minutos, quizás el trafico lo había retrasado.
De pronto recordé algo, “¡La huelga de transportes!, Mierda, ahora si que no llego.”
Mire a los alrededores desesperado, buscando una solución rápida y eficaz, y volví a sonreír en cuanto se dibujo en mi cabeza la imagen de varios taxis aparcados, muy cerca de donde me encontraba.
“Joder, ¿cómo no lo he pensado antes?”
Mis pasos me condujeron irrefutablemente hacia el primero de ellos, abrí la puerta y le indique la dirección. En cuanto se puso en marcha, miré el pequeño reloj en el panel del taxi, arriba del cenicero, y respiré tranquilo, relajándome completamente en el asiento trasero. Todo estaba arreglado, llegaría sin problemas.
Empecé a pensar en que si salían las cosas bien y el jefe tenía un buen día, mi salario se vería recompensado, y aunque no sabía si eso era bueno o malo y en que podría meter el plus, me alegraba. Seguramente terminaría en alguna fiesta que acabaría olvidando gracias al alcohol, o en algún aparato absurdo que no llegaría a usar más de dos días.

El taxi avanzó con tranquilidad, hasta la avenida de los Álamos, allí, el ritmo se hizo mas lento, y paulatinamente acabamos atrapados en un sin fin de coches que avanzaban a pequeños pasos y se detenían durante interminables segundos.
“Lo que me faltaba, ahora si que no llego.”
Le pregunte al taxista que pasaba, y el muy “amablemente” con es rol de llevar todo a lo intranscendente, me contesto que nada, que había volcado un camión a dos quilómetros de aquí.
No había otro camino, eso también me lo dejo muy claro el taxista, así que decidí recorrer el último trayecto a pie. Quedaban tres quilómetros y quince minutos para la cita, si quería llegar tenía que correr.

La adrenalina me ayudaba, parecía querer batir el record del mundo,, la situación era de vida o muerte, si no llegaba mi trabajo estaba perdido.
Avance a pasos agigantados mientras la gente me observaba indiferente, buscando una simple explicación para aquel colgado de traje y corbata que recorría violentamente las calles.
Miré nuevamente el reloj, la una menos cinco. “no llego”. Levanté la cabeza y de repente, un ronco y contundente sonido replicó en mis oídos, todo se había oscureció en mi cabeza.

Un mes después me levante en un hospital.
“Que ha pasado”. Una voz se resonó en mis oídos como un recuerdo lejano y hermoso.
“¡Marta!, no puede ser ella”
La voz de aquella vieja amiga cantaba nuevamente, como si de una melodía antigua se tratara.
– ¡Oh!…estás… – lloraba al ver abrir mis ojos – ¡doctor, doctor!… no sabes cuanto me alegra…
– Pe..pero..
– ¡Shh!…ahora no es el momento, estas débil…me alegra ¡tanto!…¡tanto!

El trabajo lo perdí, y aquella vida de monotonía e indiferencia, y lo que paso a continuación es otra historia, solo puedo decir que me ha encantado vivir aquel Martes, sin el no hubiesen venido otros diferentes.

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