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La noche que todo terminó

enero 31, 2007

La noche se presagiaba tranquila, una pizza, un par de refrescos y la dichosa tele por única compañía. Pocas veces la encendía, pero cuando lo hacía no pretendía verla, si no mantenerla despierta para que un coro de voces acompañase mi soledad mientras me sumergía en pensamientos de realidad y ficción. Llevaba semanas sin poder parir una sola idea que mereciese la pena y una profunda crisis acrecentada por la propia preocupación sobre la crisis, atrapaba mi creatividad como una manta impermeable que no dejaba pasar el mínimo estimulo, cualquiera que pudiese impulsarme hacia un nuevo mundo que dibujar en mi caprichosa mente.
Roi me había llamado hacía ya casi una semana, reprendiéndome por mi mes de retraso sobre la fecha de entrega señalada, y como un estúpido mentí, haciéndole ver que ya estaba casi lista y que pronto la tendría encima de su escritorio, dispuesta para ser revisada.
En buena me había metido yo solo, y poco valor tenía la verdadera razón de mi supuesta desidia; pero nada salía mas de mi mente que las historia que ya había escrito, o ideas de pronto desecho por diversos motivos, la mayor parte por juzgarlas como banales o repetitivas; necesitaba algo nuevo, algo diferente, pero ya nada me preocupaba mas que acabar con el escurridizo texto que se escondía en alguna parte, dispuesto a ser descubierto y plasmado en el blanco de unas cuantas decenas de hojas y tal hecho me impedía salir de una paradoja en la que solo daba vueltas sin ver salida alguna.
Cogí el mando a distancia y me puse a cambiar canales de forma indiferente, sumido en la inmensa preocupación que atormentaba mis noches y mis días, no era el único problema que mancillaba mi alegría, o más bien, tal preocupación acrecentaba mis otras preocupaciones. No es que no me importase que Blanca se marchara de mi vida como si nada hubiese existido entre nosotros, o que Xulio a sus veinticinco años, tenía que de recibir entre sus entrañas un mal tan indeseado como el cáncer; pero quizás mi frustración hacia tales hechos, hacía que priorizase la cuestión principal, porque para ella solo necesitaba mi cabeza, un bolígrafo y algún que otro papel donde juntar palabras con sentido alguno. Con más sentido que las que en aquellos momentos sonaban por los altavoces del televisor.
Los insultos saltaban cada tres palabras, en un principio a continuación del verbo ser en segunda persona del presente de indicativo y luego como un fusil de repetición que manda ráfagas de balas envenenadas y que solo se detiene para recargar. Poco interés me ofrecía aquel programa en el que unas cuantas personas se dedicaban tan “delicados versos”, y sabía que poco me iban a ofrecer los demás canales, pero sin saber porque, mantuve la televisión encendida, observando más atento que nunca. ¿Quizás mi cerebro buscaba allí la inspiración? No sabía porque, pero mis reflexiones me estaban descentrado de mi cometido, así que dejé el discurrir para más tarde y volví a centrarme en las imágenes y sonidos de la tele.
Un tipo, de aspecto colérico, y que al parecer la tenía tomada con una tipa menudita, de aspecto débil, que decía ser una antigua empleada del susodicho, portaba en su mano una serie de papeles enrollados, que a su entender, demostraban una enfermedad de la chica menudita. Entre tanto, la presentadora, cansada en su vano intento por moderar la conversación, se sentaba en una silla observando el panorama, quizás frotándose las manos, sabiendo que la audiencia alcanzaría las más altas cuotas.
Nada parecía servirme para una buena historia, pero algo me impulsaba a seguir mirando.
En un momento el tipo se levanto de su silla, con intención de agredir a la muchacha, la presentadora al ver tan infame intento, se interpuso hábilmente, como si hubiese sido entrenada para tales situaciones, y fue en aquel instante el aquel preciso momento cuando todo cambio. El plató comenzó a temblar, como si de un terremoto se tratase, y como justicia del destino el tipo colérico se desequilibro y callo redondo al suelo, golpeándose fuertemente la cabeza. Las cámaras no dejaban de emitir y la gente del público, presa del pánico corría de un lado a otro, chillando como seres desesperados que escapan de la muerte. En pocos segundos la imagen desapareció.
Mi dedo pulgar no paraba de pulsar el botón de cambio de canal, pero nadie emitía y yo estaba demasiado paralizado para darme cuenta de lo que vendría después.
En un solo instante todo a mí alrededor comenzó a recibir el mismo impacto que aquel plato de televisión. Los libros caían de las estanterías, sillas y mesas se balanceaban de un lado a otro…no se cuanto duro, solo se que no me moví, fui incapaz, y que cuando todo termino, la electricidad desapareció. “La noche que todo terminó” fue el día que comenzó mi novela (que nunca fue entregada a tiempo por motivos obvios) y regreso gran parte de mi alegría. Estos son sus primeros párrafos. Todo lo demás hubo de venir después.

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